Desperté un día
entre nieblas y pudores,
necesite la necesidad
de sentir un tacto
pero mi cuerpo
era lúgubre y sombrío.
El frío invadía
mis recuerdos
y mis lágrimas caían
anunciando el más
triste de mis días.
Trate de levantarme
pero era en vano,
mi cuerpo no respondía,
mi alma marchita
deshojaba mi agonía.
¿No entendía porque
si mi sangre corría,
porque mi corazón no latía?
¿Porque enterré
suspiros y alegrías
y los cambie por
ansiedad y tristezas?
Simplemente te escribo,
desde mi cielo
donde me dejo tu adios,
sin preguntas ni porques,
solo dolor.
Aquí desde nuestro epitafio,
busco una solución
a esta eteriedad tan insipida
donde no existen los colores
ni sonrisas;
solo tu recuerdo que mutila.
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